La disculpa del Rey

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Ha pasado una semana desde la disculpa del Rey Juan Carlos I por el viaje a Botsuana. Con la perspectiva de los días, las palabras de arrepentimiento han tranquilizado las voces que criticaban al monarca por el comportamiento poco ejemplar justo en medio del momento más delicado para la economía española. La figura real se ha visto debilitada como nunca antes en los 36 años de reinado, hasta ahora era casi impensable que ciudadanía y clase política coincidieran en atreverse a cuestionar sin pudores la actitud del Rey. El Rey era casi intocable.

No hace falta ser analista para darse cuenta que la institución real no pasa por sus mejores momentos con el yerno de los Reyes de España en los tribunales, un nieto accidentado por manejar una arma sin tener la edad permitida y, ahora, la despreocupación de Su Majestad mientras miles de españoles lo están pasando mal. La disculpa del Rey fue la mejor decisión que le han podido aconsejar sus asesores en ésta coyuntura. No había otra alternativa si lo que querían era calmar el ánimo general. Ahora bien, la manera cómo salió ante los medios y pidió perdón no fue la más adecuada.

No podemos olvidar que el Rey de España es el Jefe del Estado, el más alto cargo del estado, y como tal debe mantener unas formas y cuidar al detalle la proyección de la imagen pública. La aparición grabada del soberano en un pasillo desangelado e impersonal -no tenía ni apariencia de hospital- aprovechando la pregunta de un periodista de la televisión pública para disculparse no fue la mejor puesta en escena. Y no hablemos del mensaje textual: “Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir”. Ante todo eso, dónde estaba el Jefe del Estado?

La Zarzuela ha incorporado hace pocos meses un nuevo jefe de la Casa del Rey, Rafael Spottorno, y también otro responsable de comunicación, Javier Ayuso, con la intención de ir en el rumbo que requieren los tiempos actuales. Hasta ahora la institución más arcaica y cerrada del país deberá tener en cuenta que la información será un elemento clave que no deberá ocultar. Precisamente, la Ley de la Transparencia que está tramitando el gobierno central es el ejemplo por donde van a ir las cosas a partir de ahora, pero la norma no tiene competencia con el funcionamiento monárquico. Deberán ponerse a ello para romper con el pasado y adaptarse a las necesidades futuras.

La impunidad informativa con la que ha vivido Juan Carlos I se ha acabado. Por ello, tendrá que cuidar las formas en su vida privada, y me atrevería a decir que no ha sido la más ejemplar. A todos nos ha llegado rumores de sus aventuras y desventuras. Para que no se sepa de una actitud impúdica simplemente no debe producirse, ahí está la clave. El Príncipe Felipe deberá tomar buena nota de ello. Aún hay mucho trabajo por delante para que la Casa Real recupere la reputación perdida en los últimos meses y el sucesor tenga un poco más aplanado el camino.

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